jueves, 26 de noviembre de 2009

Editorial

El año que viene se cumlple el 300 aniversario de la publicación de Teoa acerca de los principios del conocimiento humano, de donde se indagan las principales causas del error y de las dificultades en las ciencias, con los fundamentos del escepticismo, el ateismo y la irreligiosidad. A través ya de este largo y preciso título se desvelan los motivos que empujaron a Berkeley a la publicación de esta obra. Escepticismo, ateismo e irreligiosidad constituían el nuevo escenario de la modernidad abierta por Descartes donde la divinización de la razón marcaría un nuevo comienzo, necesariamente rupturista con la concepción religiosa del conocimiento acorde con el lema Deus ex machina. El atrevimiento de Descartes a separar por necesidad dos planos, filosofía (ciencia) y teología, sentó las bases de un nuevo diálogo científico amparado por la subjetividad. A esa iniciática etapa cartesiana le siguieron distintas perspectivas filosóficas que alejándose del racionalismo propusieron modelos donde cualquier conocimiento habría de justificarse en base a los sentidos. De este modelo, empirista, emergieron figuras tan importantes como Locke o Hume. Precisamente de sus perspectivas emergerían, a su vez, posturas materialistas, escépticos y librepensadores como Toland, Collins, Shaftesbury o Mandeville. Así pues el empirísmo de Locke, según la lectura de Berkeley, constituyó el caldo de cultivo necesario para una sociedad que avanzaba del laicismo al ateismo.

Residen, pues, ahí los motivos subyacentes para la escritura de una obra de carácter científico con clara intencionalidad de negar el sustato material, sus modificaciones primarias, que Locke había considerado como elemento, o manifestación del carácter real. De esta manera y como veremos en sucesivos informes la materia se convertirá en una idea o abstracción, eliminando así cualquier base para el materialismo. Una vez suprimida la materia solo quedan Dios y los espíritus con sus propias ideas. De esta maera se reabre la senda a una comprensión deísta del mundo que persiguiría la incontestable tesis de, no solo la existencia, sino la presencia directa de Dios en la realidad. Apelando a esta última idea podría sugerirse que más que un tratrado del conocimiento humano esta obra representa una apología cristiana del conocimeinto.

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